Casa de Juana Catalina Romero en Santo Domingo Tehuantepec

Juana Catalina Romero

Juana Catalina Romero —también referida como Juana Catarina Romero y popularmente como Juana Cata— fue empresaria, comerciante, benefactora y figura política del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Nació en Tehuantepec el 27 de noviembre de 1837 y falleció en la Ciudad de México el 19 de octubre de 1915, a los 77 años, tres meses después que Porfirio Díaz. Acumuló una fortuna en el comercio y la industria azucarera, impulsó escuelas y obras públicas, y ha sido objeto tanto de leyenda romántica como de revisión historiográfica seria, notablemente en la biografía de Francie Chassen-López (Mujer y poder en el siglo XIX. La vida extraordinaria de Juana Catarina Romero, cacica de Tehuantepec, 2020).

En el Istmo se la recuerda como benefactora y «cacica»: una mujer zapoteca que negoció con militares, mercados internacionales e instituciones eclesiásticas en una época en que el espacio público estaba reservado a los hombres. Su chalet junto a las vías del ferrocarril y la estatua en el parque principal de Tehuantepec condensan esa memoria material.

Familia y primeros años

Fue hija de María Clara Egaña (o María Clara) y de Juan José Romero, descendiente de una familia de origen español dedicada al campo. La tradición oral la presenta vendiendo cigarros a soldados en el entorno del convento-cuartel de Santo Domingo; el viajero francés Charles Étienne Brasseur, en su Voyage sur l’Isthme de Tehuantepec (viaje de 1859-1860), la describió como joven, hermosa, esbelta y elegante, y la comparó con figuras legendarias. Investigaciones posteriores matizan el mito de la niña analfabeta y sólo zapotecohablante: los archivos parroquiales, estatales y del propio Porfirio Díaz muestran a una comerciante letrada, tenaz y con capacidad de gestionar negocios, tierras y relaciones políticas.

Trayectoria comercial y azucarera

Instaló en el centro de Tehuantepec la tienda «La Istmeña», que creció hasta convertirse en gran almacén de abarrotes, ropa, artículos importados y enseres para la villa y comunidades aledañas. Reinvirtió capitales en tierras de caña y forjó una industria azucarera —asociada a las siglas JCR— que obtuvo reconocimiento internacional: medalla de plata en la Louisiana Purchase Exposition de San Luis, Misuri (1904), y medalla de oro en la Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations (1908), además de reconocimientos de la United Fruit Company. Se le considera una de las primeras mujeres mexicanas en recibir distinciones internacionales por una industria propia.

Viajó a Estados Unidos y Europa; de esos viajes trajo productos, ideas y modas. Se le atribuye haber impulsado en el Istmo la ornamentación floral de huipiles de gala inspirada en los mantones de Manila, así como cambios en la indumentaria masculina local (guayabera, sombrero de cuero conocido como «panza de burro»). Financió el embellecimiento de calles y obras religiosas y de salud en Tehuantepec, consolidando una red de prestigio y clientela propia de una cacica moderna.

Política, educación y el ferrocarril

Durante la Guerra de Reforma apoyó a las fuerzas liberales en el Istmo —con recursos y, según la tradición, con información—, en el entorno del entonces comandante Porfirio Díaz. La historiografía reciente distingue con claridad la amistad, el patrocinio y la utilidad política mutua de la leyenda de un romance; la novela histórica y la telenovela El vuelo del águila (donde Salma Hayek interpretó a Juana Cata) alimentaron un relato que indignó a parte de la población tehuana y que asesores históricos, entre ellos Enrique Krauze, debieron matizar ante protestas locales.

Fundó escuelas para niñas y para varones bajo la advocación de San Luis Gonzaga, anticipando en el Istmo una oferta educativa de alcance local financiada con recursos privados. En su labor de gestora sostuvo vínculos con la Iglesia —se mencionan encuentros relacionados con el Papa León XIII— y proyectó ideas de la encíclica Rerum Novarum en iniciativas sociales. Fue personaje central en las celebraciones de la inauguración del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec (1907), obra geopolítica que unía Atlántico y Pacífico; el mito de que Díaz desviara la vía «a dos metros» de su casa circula en la oralidad, pero la investigación documental lo trata con cautela.

Su chalet afrancesado junto a las vías, construido hacia 1913, concentra mobiliario, vajillas y objetos de la época; ha sido propuesto como sede del Museo Histórico del Istmo de Tehuantepec. En el parque principal se levanta una estatua en su honor.

Ensayistas y periodistas —entre ellas Elena Poniatowska— han insistido en «buscar a la verdadera Juana Cata» detrás del mito erótico. Esa búsqueda coincide con una reivindicación istmeña: honrar a la empresaria y educadora sin reducirla a personaje de telenovela. Documentos, medallas azucareras, el chalet y las escuelas San Luis Gonzaga sostienen esa lectura materialista y cívica de su legado.

Legado

Juana Catalina Romero murió de cáncer en 1915. El Istmo la recuerda como empresaria que convirtió el comercio y el azúcar en escuelas, prestigio internacional y modernización urbana. Su figura ilustra el poder femenino en el siglo XIX oaxaqueño más allá del estereotipo de musa porfiriana: una Didjazá (zapoteca) que negoció con generales, mercados mundiales e instituciones religiosas, y dejó huella material y simbólica en Tehuantepec. Para mioaxaca.net y para la memoria istmeña, Juana Cata es ante todo la cacica de la industria, la educación y el ferrocarril.