Natalia Toledo Paz (Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, 17 de noviembre de 1967) es poeta bilingüe en zapoteco (didxazá) y español, diseñadora de textiles y joyería, y promotora cultural. Es una de las voces más representativas de la literatura en lenguas originarias de México. Hija del artista Francisco Toledo y de Olga de Paz, ha llevado la cosmovisión zapoteca del Istmo a festivales, antologías y lectores de varios países.
Familia y primeros años
Nació en Juchitán de Zaragoza, en el Istmo de Tehuantepec. Creció entre el universo artístico de su padre y la vida cotidiana binnizá: la lengua, la cocina, los textiles y las fiestas del Istmo. En su infancia se acercó a la poesía en talleres de la Casa de la Cultura de Juchitán. Más tarde estudió en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha narrado que, al llegar de niña a la Ciudad de México, enfrentó un entorno que privilegiaba el español; tras leer críticas que negaban la «alta poesía» en lenguas indígenas, abrazó el didxazá como lengua de creación y de dignidad: «prendí las luces de mi palabra», ha dicho.
Es hermana de la artista y fotógrafa Laureana Toledo y del artista gráfico Jerónimo López Ramírez (Dr. Lakra). Estuvo casada con el actor Jaime Garza (2003 hasta el fallecimiento de él en 2021). Esa constelación familiar —arte, Istmo, Ciudad de México— atraviesa su obra sin agotarla: su voz poética es propiamente suya.
Trayectoria literaria
Ha publicado poemarios bilingües que exploran sueños, mitos, naturaleza, cuerpo y memoria zapoteca. Entre sus títulos figuran Paraíso de fisuras (1990, en coautoría con Rocío González), Mujeres de sol, mujeres de oro (2002), Flor de pantano / Xtaga be'ñe' (2004), Olivo negro / Guie' yaase' (2004), La muerte pies ligeros / Guendaguti ñee sisi (2005) y El dorso del cangrejo. Su poesía ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, esloveno, mazateco, maya, náhuatl, mixteco y otras lenguas. La traducción al inglés The Black Flower and Other Zapotec Poems (Phoneme Media, traducción de Clare Sullivan) fue destacada por la revista World Literature Today entre las mejores traducciones.
Ha participado en festivales internacionales —encuentros en Francia, Argentina, Colombia y otros países— y en el Festival de Poesía Las Lenguas de América Carlos Montemayor. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Colaboró con su padre en la traducción a lenguas indígenas de obras como las fábulas de Esopo. Tras los sismos de 2017 en Juchitán impulsó talleres de arte y creación con el colectivo Binni Birí («gente hormiga»). Ha sido presidenta del Patronato de la Casa de la Cultura de Juchitán y ha colaborado en revistas como La Jornada, Blanco Móvil, Plural y Voices of Mexico.
Otras facetas
Además de la poesía, desarrolla diseño textil y joyería, y difunde la cocina del Istmo: una literatura expandida que une palabra, memoria y oficios. Entre 2018 y 2022 se desempeñó como subsecretaria de Diversidad Cultural (o Desarrollo Cultural, según la denominación del periodo) en la Secretaría de Cultura federal, bajo la gestión de Alejandra Frausto. Desde esa trinchera institucional impulsó políticas de diversidad lingüística y cultural.
Premios y reconocimientos
En 2004 obtuvo el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas por Olivo negro. Ha sido becaria del FONCA y del fondo estatal de Oaxaca. Recibió reconocimiento de la CANIEM por El dorso del cangrejo y el premio del Borchard Foundation Center on Literary Arts. El 7 de octubre de 2025 el INBAL le entregó la Medalla Bellas Artes en Literatura en Lenguas Indígenas, en ceremonia celebrada en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes: el máximo galardón del instituto en esa disciplina, otorgado por unanimidad del jurado.
Legado
La obra de Natalia Toledo demuestra que el zapoteco no es reliquia, sino lengua de alta poesía contemporánea. Al escribir en didxazá y español, teje un puente entre Juchitán y el mundo, entre la herencia de Francisco Toledo y una voz propiamente suya —femenina, istmeña, bilingüe— que ha abierto camino a nuevas generaciones de escritores en lenguas indígenas, en diálogo con voces como la de Irma Pineda Santiago.
En sus versos regresan el barro después de la lluvia, el olor de la albahaca, el totopo, los tulipanes y el aire caliente de Juchitán. La poesía, ha dicho al recibir la Medalla Bellas Artes, es lo que le devuelve el pulso cuando siente que la sangre no corre: sonaja del árbol plantado frente a su ventana al nacer. Esa materialidad istmeña —tan lejos del abstraccionismo vacío— explica por qué su obra convence tanto en didxazá como en español: no traduce costumbres para el turista literario, sino que piensa el mundo desde la lengua en que aprendió a nombrar el deseo, el duelo y la fiesta. Con la Medalla Bellas Artes 2025, su trayectoria queda inscrita no solo en el Istmo, sino en el reconocimiento institucional de que las lenguas indígenas escriben literatura mayor.




