Fiesta de la Vela en Juchitán, ciudad natal de Irma Pineda

Irma Pineda Santiago

Irma Pineda Santiago (Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, 30 de julio de 1974) es poeta, traductora, ensayista y docente zapoteca (binnizá). Escribe en diidxazá y en español. Su obra aborda la memoria, la migración, la violencia, el amor y la naturaleza, y ha sido una de las voces indígenas más visibles en foros internacionales: entre 2020 y 2022 representó a los pueblos originarios de América Latina y el Caribe en el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas.

Familia y origen

Nació en Juchitán de Zaragoza, en el Istmo de Tehuantepec. Sus padres fueron maestros; el padre le leía poemas —incluida poesía española de la Generación del 27— y la madre, cuentos. El 11 de julio de 1978, cuando Irma tenía casi cuatro años, su padre —cofundador de un frente de lucha campesina y obrera— fue víctima de desaparición forzada a manos de militares, ante testigos, en Juchitán. Esa ausencia marcó su infancia y, más tarde, su poesía: la figura del desaparecido como misterio, herida abierta y búsqueda de palabras. El poema «Cándida» reflexiona sobre cómo una madre explica lo inexplicable a sus hijos. «Por eso son los poemas con los que inicié: a la naturaleza, a la luna, al cielo… porque así me resultaba la figura del desaparecido», ha declarado.

Formación y docencia

Es licenciada en Comunicación y maestra en Educación y Diversidad Cultural. Ha sido docente en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) y en proyectos vinculados a la UNAM sobre México como nación multicultural; también ha asesorado en la Escuela Normal Superior Federal de Oaxaca. Insiste en que enseñar es sembrar: varios jóvenes poetas bilingües del Istmo —entre ellos nombres como Elvis Guerra o Dalton Pineda— han pasado por sus talleres. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha coordinado labores culturales en el ayuntamiento de Juchitán.

Obra poética

Ha publicado poemarios bilingües, entre ellos Xilase nisadó' / Nostalgias del mar, Doo yoo ne ga' bia' / De la casa del corazón (o Hogar y otras cosas según ediciones), Guie' ni zinebe / La flor que se llevó, Naxiña' rului' ladxe' / Rojo deseo, y trabajos sobre migración como La nostalgia no se marcha como el agua de los ríos. Suele crear primero en zapoteco —lengua de imagen, dice— y luego traducir al español, jugando con la polisemia. Ejemplo frecuente en sus entrevistas: riuladxe' no es solo «me gusta», sino «entra en mis entrañas / mi corazón». Parte de su obra ha sido traducida al inglés, italiano, portugués, serbio, ruso y alemán. Ha sido incluida en revistas como Tierra Adentro, Casa del Tiempo, La Jornada y antologías de México y Colombia.

Fue becaria del FONCA y realizó residencias, entre ellas en Calles y Sueños (1998) y en el Banff Centre de Alberta, Canadá (2004), donde tradujo al poeta juchiteco Pancho Nácar. Reconoce como referentes de la literatura zapoteca a Pancho Nácar, Gabriel López Chiñas, Macario Matus y Víctor de la Cruz, entre otros. También ha escrito sobre violencia hacia las mujeres del Istmo, recogiendo testimonios que le confían vecinas y lectoras.

Activismo y ONU

Además de la creación literaria, ha defendido derechos lingüísticos, territoriales y de las mujeres indígenas. En 2019 fue electa para el Foro Permanente de la ONU para las Cuestiones Indígenas (periodo 2020–2022), donde llevó la voz de los pueblos de América Latina y el Caribe. Ha insistido en que la discriminación es el enemigo estructural que sostiene inequidades laborales, educativas y el despojo de territorios y saberes. Tras el sismo de 2017 en el Istmo, ha subrayado la pérdida de arquitectura tradicional y la necesidad de reconstruir no solo muros, sino tejido comunitario.

Legado

En el mapa de la poesía oaxaqueña contemporánea, Pineda dialoga con voces como Natalia Toledo: ambas escriben desde el Istmo en zapoteco y español, con trayectorias distintas pero complementarias. Su legado une verso y denuncia, aula y foro internacional, y recuerda que la literatura en lenguas indígenas es también archivo de la herida histórica y herramienta de dignidad. Para ella, la poesía es, en una palabra, amor: memoria del padre, posibilidad de no-violencia y ritmo que aún cura.

Cuando lee en diidxazá, su voz cambia de textura: más fluida, más cercana al viento del Istmo, distinta del tono con que lee la versión en español. Esa dualidad no es disfraz, sino método. En el aula y en la ONU ha repetido un mismo argumento con distintas palabras: sin la lengua, el territorio y los saberes se vuelven mercancía fácil de despojar. Por eso su poesía de migrantes, de mujeres golpeadas o de childhood marcada por la desaparición no pide lástima; pide escucha. En la genealogía de las letras oaxaqueñas, su nombre queda junto al de quienes hicieron del zapoteco una lengua de ensayo público y de intimidad radical. Entre el aula, el poema y el estrado internacional, ha demostrado que el diidxazá puede ser lengua de intimidad y de diplomacia de los pueblos.