Alejandro Santiago Ramírez (Teococuilco de Marcos Pérez, Oaxaca, 22 de abril de 1964 – Oaxaca de Juárez, 22 de julio de 2013) fue un pintor y escultor zapoteco, conocido sobre todo por la instalación monumental 2501 Migrantes, una de las obras contemporáneas más emblemáticas sobre el éxodo rural mexicano. Su trayectoria unió la formación en los talleres oaxaqueños de los años setenta con una mirada social que convirtió el barro en memoria de los ausentes.
Familia y primeros años
Nació en San Pedro Teococuilco —hoy Teococuilco de Marcos Pérez—, comunidad zapoteca de la Sierra Norte, a unos sesenta kilómetros de la capital del estado. Fue hijo de Isabel y del maestro Juan; creció hablando zapoteco y jugando en el campo. A los nueve años la familia se trasladó a la ciudad de Oaxaca en busca de mejores oportunidades educativas y laborales. Ese desplazamiento temprano —del pueblo a la capital estatal— anticipó el tema que más tarde marcaría su obra madura: la migración y el vaciamiento de las comunidades.
Formación artística
Estudió en el Centro de Educación Artística y fue de los primeros egresados del Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, dirigido por Roberto Donis, espacio fundacional de una generación de pintores oaxaqueños. También pasó por la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, donde tuvo contacto con el maestro japonés Shinzaburo Takeda. En ese entorno se consolidó como pintor antes de expandirse a la escultura.
Tras una primera exposición en la que vendió toda la obra, viajó a conocer museos y ciudades. Durante cerca de una década residió y expuso en Estados Unidos y Europa —incluida una temporada en París—, consolidando un lenguaje plástico que dialogaba con las vanguardias sin renunciar a las raíces zapotecas. Contrajo matrimonio con Zoila López; la pareja tuvo dos hijos, Lucio y Alejandra. Hacia el año 2000 regresaron a Oaxaca.
2501 Migrantes
Al volver a Teococuilco, Santiago encontró un pueblo despoblado: amigos y parientes se habían ido hacia el norte. Impulsado por esa desolación, viajó a Tijuana, contactó con coyotes y cruzó la frontera en condición irregular para experimentar en carne propia el trayecto de tantos paisanos. En la línea vio un mar de cruces; alguien le dijo que eran unas dos mil quinientas. Esa cifra —y la memoria de los emigrados de su pueblo— germinó en el proyecto 2501 Migrantes.
Entre 2002 y 2008, con una beca de la Fundación Rockefeller y un equipo de más de treinta artesanos y jóvenes locales, modeló dos mil quinientas una figuras de barro de tamaño humano. Cada una es distinta, con historia propia, pero mantiene un aire de anonimato: son los ausentes vueltos presencia. El «+1» aludía a él mismo, testimonio de quien regresa. Las piezas fusionan rasgos prehispánicos y modernidad; fueron cocidas como los primeros seres de barro del Popol Vuh, antes de los hombres de maíz. La instalación se exhibió en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (2006), en Monterrey (2007) y, años después, en el Colegio de San Ildefonso (2019), entre otros espacios.
Con el barro sobrante emprendió Familias Migrantes: grupos escultóricos en los que un miembro señala el Norte mientras el resto carga la memoria de lo dejado atrás. Parte de ese conjunto se ha mostrado en el patio del Museo Rufino Tamayo de Oaxaca, con figuras de los 2501 vigilando desde arriba. Documentales y crónicas —entre ellas el obituario del Los Angeles Times— difundieron la historia del artista que cruzó la frontera para entender a los suyos.
Estilo y otras obras
Aunque la instalación migrante eclipsó su fama, Santiago fue también un pintor de color intenso y formas sintéticas. Trabajó en un estudio en la ciudad y en un rancho cercano a Suchilquitongo, donde desarrolló proyectos escultóricos de gran escala. Su obra circuló en galerías de México, Estados Unidos y Europa. En Teococuilco, el proyecto implicó además un gesto comunitario: emplear a jóvenes del pueblo y devolverles, en forma de trabajo y de memoria, una porción de lo que la migración les había quitado.
Final de su vida y legado
Diagnosticado de diabetes desde hacía más de una década, falleció de un infarto el 22 de julio de 2013 en un hospital de Oaxaca de Juárez, a los 49 años. Le sobrevivieron Zoila, Lucio y Alejandra. 2501 Migrantes permanece como una de las metáforas visuales más potentes de la migración mexicana: no solo denuncia la ausencia, sino que «repatria» simbólicamente a quienes se fueron. Para Oaxaca, Alejandro Santiago legó un monumento de barro a la Sierra Norte y una lección ética —la del artista que cruza la frontera para entender a los suyos— comparable, en compromiso civil, al activismo cultural de Francisco Toledo.
La crítica ha subrayado que 2501 Migrantes no es solo una cifra ni un inventario de ausencias: es un acto de restitución simbólica. Al colocar cuerpos de barro donde faltaban vecinos, Santiago obligó a mirar la migración no como estadística, sino como vacío cotidiano en plazas, milpas y fiestas. En ese sentido, su obra dialoga con el cine documental y con la literatura del éxodo, pero desde el lenguaje táctil de la cerámica oaxaqueña.




