Templo parroquial de Valle Nacional, región natal de Maximino Javier

Maximino Javier

Maximino Javier (Santa Fe del Mar, Valle Nacional, Oaxaca, 1948) es pintor, grabador, litógrafo y escultor, miembro fundador del Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo. Su obra —óleo, gouache, acuarela, encáustica, litografía y bronce— se ha descrito a menudo como «arte fantástico»: personajes imaginarios, vacas marcianas, músicos del amanecer y paisajes que no ilustran el folklore, sino que inventan un mundo propio.

Familia y primeros años

Nació en 1948 en Santa Fe del Mar, comunidad cercana a Valle Nacional, en la cuenca del Papaloapan, a muchas horas de camino de la capital oaxaqueña y próxima a Veracruz. Ayudaba a su padre a sembrar maíz, chile y tabaco. Empezó la primaria a los doce años; un maestro, al notar su afición al dibujo, le habló de la escuela de artes plásticas en la ciudad de Oaxaca. Al terminar la secundaria, con unos 22 años, pidió asilo y trabajo a un tío en San Lorenzo, cerca de la capital, y se atrevió a probar suerte lejos del campo.

Formación y el Taller Rufino Tamayo

Ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. No permaneció mucho tiempo: en 1974, en el contexto de tensiones políticas ligadas a la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (COCEI), él y otros compañeros fueron expulsados. Seis meses después, con esos mismos compañeros, fundó el Taller Rufino Tamayo bajo la dirección del pintor Roberto Donis. Una beca de un empresario regional del triplay le permitió dejar el trabajo con el tío y dedicarse por entero a pintar. Permaneció en el taller unos cuatro años; cuenta que entonces pintaba «con una venda en los ojos», a un ritmo de tres o cuatro exposiciones anuales.

En el taller le regalaron un libro de Pieter Brueghel el Viejo. Esa revelación —nunca había visto pintura europea de cerca— lo influyó durante un tiempo: tomó la idea de entornar personajes y escenas cotidianas, pero las transformó hasta crear las suyas, sin pretender documentar tradiciones oaxaqueñas. En 1975 participó en colectivas en la Galería Misrachi de la Ciudad de México. En 1977 desertó del taller y se instaló en la capital del país.

Trayectoria

En 1978 el coleccionista holandés Ben Nordemann impulsó una exposición de su obra; todo se vendió y el apoyo le abrió puertas. Ese año presentó muestras en el Instituto Francés de América Latina (IFAL) y comenzó a trabajar litografía con el impresor Andrew Vlady. Entre 1980 y 1987 residió en Guadalajara, donde expuso en galerías oficiales y privadas y colaboró en talleres como Guacha Bato Ediciones y con Cornelio García y Pilar Bordes. En 1984 fue premiado en la Bienal de la Gráfica de Montevideo por una litografía de la serie La aventura de Belcebo, editada en el taller de Vlady.

Ha expuesto en Oaxaca, Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, San Francisco, Nueva York, Chicago, Róterdam y París, entre otras ciudades. Su producción abarca grabado en Esse Fer (Oaxaca), escultura en bronce y cerámica, y una pintura de color vivo que él mismo llama imaginativa, no realista. La exposición De amor, colores y tierra (Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, en colaboración con Black Coffee Gallery) recorrió su obra desde 1974 hasta 2012 con óleos, gouaches, acuarelas y técnicas mixtas, confirmando la coherencia de un corpus de casi cuatro décadas.

Estilo

Maximino Javier rechaza la etiqueta de pintor de costumbres. «No pinto tradiciones», ha dicho: adapta personajes fuera de lo común, paisajes y texturas vistas, y les da vida inventada. Distorsiona figuras con humor; aparecen músicos, vacas, sillas vigilantes y escenas de campo que parecen fábulas. El resultado es un arte poético y colorido, próximo al realismo mágico visual, pero anclado en la libertad del dibujante que llegó tarde a la escuela y nunca perdió el asombro. Frente a la solemnidad de ciertos discursos sobre lo oaxaqueño, su pintura privilegia el juego, la distorsión y la invención.

Legado

Como fundador del Taller Rufino Tamayo, Maximino Javier pertenece al núcleo que renovó la pintura oaxaqueña en los años setenta, junto a nombres que luego alcanzarían fama nacional e internacional. Su aporte propio es la fantasía sin folklore forzado: una lección de que Valle Nacional y el Papaloapan pueden alimentar un imaginario universal. Sigue pintando con la misma pasión que lo sacó del milpa; para él, si no pinta, no es feliz. Esa fidelidad al oficio —más que a la pose de artista— es, quizá, su legado más claro para las nuevas generaciones oaxaqueñas.

En Guadalajara dejó una huella particular: galerías y talleres de aquella ciudad lo acogieron en los años ochenta, y décadas después el Museo de las Artes de la UdeG volvió a reunir su obra para un público joven. Esa circulación entre Oaxaca, la Ciudad de México y Jalisco refuerza su perfil de artista itinerante que nunca dejó de imaginar desde el recuerdo del Papaloapan. Maximino Javier sigue siendo, ante todo, un inventor de personajes: el hombre que convirtió la salida del milpa en una fiesta de color y distorsión.