Catedral de Huajuapan de León, en la Mixteca, tierra natal de Sergio Hernández

Sergio Hernández

Sergio Hernández (Santa María Xochixtlapilco, Huajuapan de León, Oaxaca, 1957) es un pintor, grabador y escultor mexicano de raíz mixteca, una de las figuras centrales del arte oaxaqueño contemporáneo junto a Rufino Tamayo y Francisco Toledo. Su obra —pintura, xilografía, bronce, cerámica, plomo y oro— conjuga mitología mesoamericana, códices, insectos, animales y una reflexión sobre la violencia y la memoria.

Familia y primeros años

Nació en 1957 en Santa María Xochixtlapilco, pueblo del municipio de Huajuapan de León, en la Mixteca. Su padre era ebanista y su madre cultivaba flores. De niño disfrutaba bañarse en los pozos y escuchar las cigarras; esa fascinación por los insectos —entonces imaginados más que observados de cerca— se convertiría en un motivo recurrente de su iconografía adulta. La familia emigró a la Ciudad de México en busca de trabajo; Hernández llegó a la capital siendo adolescente y desempeñó varios oficios antes de dedicarse por completo al arte.

Formación

Entre 1973 y 1975 estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (Academia de San Carlos); de 1975 a 1981, en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, donde fue alumno de Gilberto Aceves Navarro en pintura y de Abraham Jiménez López en talla. Reconoce a Tamayo y a Toledo como influencias decisivas, aunque su camino fue independiente: un realismo fantástico nutrido de herencias precolombinas, arte popular y tradiciones cosmopolitas. En los años ochenta se inició en la gráfica en el taller parisino de Peter Bramsen; hacia 1987 residió en París y al año siguiente regresó a Oaxaca, donde vivió hasta 2006. Ese año, tras el conflicto magisterial y el gobierno de Ulises Ruiz, dejó el estado y declaró que no volvería mientras ese gobernador permaneciera en el cargo.

Obra y estilo

Hernández trabaja series que atraviesan historia, mitología y naturaleza: presagios y códices de la Conquista, figuras de Benito Juárez, Pinocho y el ajolote, paisajes nocturnos, selvas, ballenas, ninfas y «ardientes». Emplea óleo, fresco, hoja de oro, plomo, grabado y escultura. Sus insectos humanizados, esqueletos y bestiarios nocturnos evocan a la vez el códice mixteco y la pintura europea que asimiló en museos. Exposiciones individuales notables incluyen retrospectivas en el Museo de Arte Moderno y el Museo Rufino Tamayo (2000), Tzompantli en el Musée du quai Branly de París (2008-2009), Blanco de Plomo en el Centro de las Artes de San Agustín (2015), De Sangre y de Plomo en el MAMBO de Bogotá (2016) y una amplia muestra en el Colegio de San Ildefonso que reunió 143 obras en siete salas.

Ha explorado el Popol Vuh en carpetas de grabado, el Códice de Yanhuitlán y mapas inventados que reescriben la geografía mixteca. Críticos destacan su sensualidad telúrica y su capacidad para absorber la violencia contemporánea —pandemia, migración, memoria colonial— sin abandonar el color y la invención formal. Su producción gráfica es particularmente intensa: xilografías y litografías donde el negro, el plomo y el oro construyen una mitología personal reconocible a primera vista.

Premios y colecciones

Obtuvo premios de adquisición en concursos nacionales del INBA (1978, 1980, 1982, 1983), mención honorífica en la III Bienal Iberoamericana (1982), becas del Conaculta y del Sistema Nacional de Creadores (1994-1997), la Cruz Oficial de la Orden de Isabel la Católica (2006) y el Premio Internacional René Portocarrero en La Habana (2014). Su obra integra colecciones del Museo de Arte Moderno, el MACO, el IAGO, el Museo Soumaya, el Museum Würth (Alemania), el San Antonio Museum of Art, el Labirinto della Masone (Italia) y la Fundación Alfredo Harp Helú, entre otras.

Legado

Sergio Hernández ha demostrado que la Mixteca puede dialogar con Roma, París, La Habana o Bogotá sin diluir su lengua visual. En Oaxaca su nombre circula junto al de Tamayo, Morales y Toledo como referente de una escuela que no es escuela: un realismo imaginativo anclado en el mito y abierto al mundo. Sigue activo, produciendo y exponiendo; el catálogo de su muestra en San Ildefonso confirma una madurez que convierte el plomo, el oro y el grabado en memoria viva de la región mixteca y en una de las aportaciones más sólidas del arte mexicano contemporáneo.

En entrevistas ha insistido en que la Mixteca no es un adorno folklórico de su pintura, sino una matriz de mitos, insectos y memorias que él reelabora libremente. Esa libertad —pintar ajolotes y códices, Juárez y Pinocho, plomo y oro— lo aleja tanto del muralismo programático como del pintoresquismo regional. Su catálogo reciente, centrado en la muestra de San Ildefonso, confirma que sigue inventando mapas y bestiarios con la misma intensidad de sus primeras décadas.

Coleccionistas y museos de Europa y América han sostenido su circulación internacional; en México, su vínculo con Oaxaca permanece aunque haya residido largas temporadas fuera del estado. Esa doble pertenencia —mixteco de origen, cosmopolita de oficio— define su lugar en la historia del arte mexicano reciente.