Rufino Tamayo

Rufino Tamayo

Rufino del Carmen Arellanes Tamayo conocido como Rufino Tamayo, (Oaxaca de Juárez, 25 de agosto de 1899 – Ciudad de México, 24 de junio de 1991), fue un pintor y muralista mexicano de origen zapoteco, una de las figuras centrales de la pintura mexicana del siglo XX. Alcanzó proyección internacional junto a los llamados «tres grandes» del muralismo —Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco—, aunque su obra se distinguió por una búsqueda estética más personal, menos programática en lo político y profundamente anclada en el color, la forma y la herencia prehispánica.

Familia y primeros años

Nació en el centro histórico de Oaxaca, en lo que hoy es la Posada Don Mario, en la calle de Cosijopi, cerca del ex convento de Santo Domingo. Fue hijo de Miguel Ignacio de Jesús Arellanes Saavedra, zapatero, y de Florentina Tamayo, costurera oriunda de Tlaxiaco. Tras la separación de sus padres tomó el apellido materno. Quedó huérfano de madre hacia 1911 y se trasladó a la Ciudad de México al cuidado de su tía Amalia; el ambiente del mercado de frutas —colores, texturas y formas cotidianas— dejó una huella perdurable en su iconografía.

Esa infancia entre canastas, sandías y puestos de mercado se convertiría, décadas después, en una de las claves para leer su naturaleza muerta y su sentido del volumen.

Formación y trayectoria

Ingresó a la Academia de Bellas Artes de San Carlos. Pronto chocó con la disciplina académica y abandonó las aulas para formarse de manera independiente, estudiando el arte popular mexicano y las corrientes contemporáneas. Entre 1921 y 1926 trabajó como dibujante en el Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, contacto decisivo con piezas prehispánicas y artesanías que alimentó su lenguaje visual.

En 1926 presentó su primera exposición pública y fue invitado al Art Center de Nueva York. Fue profesor en la Escuela Nacional de Bellas Artes (1928) y, en 1932, director del Departamento de Artes Plásticas de la Secretaría de Educación Pública. En 1934 contrajo matrimonio con Olga Flores Rivas, compañera de toda su vida.

A partir de 1938 residió largas temporadas en Nueva York —donde enseñó en la Dalton School— y más tarde en París; esas décadas de diálogo con las vanguardias internacionales consolidaron su estilo sin renunciar a las raíces mexicanas. También se relacionó con el grupo de los Contemporáneos, lo que lo situó en una modernidad mexicana distinta del muralismo más ortodoxo.

Obra y estilo de Rufino Tamayo

Rufino Tamayo participó del muralismo, pero rechazó la retórica épico-revolucionaria de «los tres grandes». Privilegió la pintura de caballete y una poesía visual hecha de síntesis formal, simbolismo y un cromatismo intenso: azules nocturnos, naranjas, púrpuras y verdes que evocan la tierra oaxaqueña y el cosmos. Obras de caballete como Animales (1941), Sandías, Retrato de Olga o La gran galaxia ilustran esa tensión entre lo cotidiano y lo cósmico.

Su interés por el universo y por la condición humana —acentuado tras la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la era espacial— se traduce en figuras esquemáticas, atmósferas densas y símbolos que recuerdan códices sin imitarlos de manera literal.

Entre sus murales destacan encargos para el Conservatorio Nacional, el Palacio de Bellas Artes (Nacimiento de nuestra nacionalidad y México de hoy), El hombre (Dallas), América (Houston, 1956), Prometeo (Universidad de Puerto Rico), un fresco para la UNESCO en París (1958) y El día y la noche (1964) en el Museo Nacional de Antropología, donde la serpiente emplumada y el jaguar simbolizan la lucha entre la luz y la oscuridad.

En 1974 inauguró en Oaxaca el Museo de Arte Prehispánico de México Rufino Tamayo, con más de mil piezas arqueológicas que coleccionó y donó. En la Ciudad de México, el Museo Tamayo Arte Contemporáneo perpetúa su nombre y su colección de arte moderno.

Premios y reconocimientos

Recibió el Gran Premio de Pintura de la II Bienal de São Paulo (1953), fue nombrado Caballero —y más tarde Oficial— de la Legión de Honor de Francia, obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Bellas Artes (1964), la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes de España y la Medalla Belisario Domínguez del Senado de la República (1988). Fue doctor honoris causa por la UNAM y otras universidades, miembro de academias de arte en varios países e ingresó a El Colegio Nacional en 1991, poco antes de su muerte.

Final de su vida y legado

Rufino Tamayo falleció en la Ciudad de México el 24 de junio de 1991, a los 91 años, a causa de un infarto. Sus restos fueron depositados en el museo que lleva su nombre. Rufino Tamayo dejó una lección doble: demostrar que la mexicanidad podía dialogar con la modernidad internacional sin folklore forzado, y devolver a Oaxaca —como más tarde haría Francisco Toledo— un compromiso tangible con los museos y el patrimonio. Su influencia atraviesa generaciones de artistas oaxaqueños y mexicanos que encontraron en el color, el mito y la forma un camino propio, ajeno a la copia y fiel a la invención.

Frases de Rufino Tamayo

«La vida es hermosa. Y es dura también, las dos cosas. Uno tiene que manejar eso.»
«Soy muy mexicano, no tiene remedio. En donde he estado, lo que me alimenta es México.»
«Pintar no para vivir, sino porque se tiene necesidad de hacerlo.»
«Quienes creemos en la libertad debemos ejercer la tolerancia como prueba de nuestra convicción.»
«Creo en el oficio, en el paciente cultivo de las facultades y la técnica, pero también en la pintura como una forma de felicidad, como un instrumento para la vida y un acto diario como caminar o comer.»
«Para mí la poesía es ante todo armonía. Me esfuerzo siempre en lograr armonía en mis cuadros. La idea no se sacrifica a la técnica, ni ésta a aquella. El color no se superpone a la forma ni a la inversa.»
«Miro, miro todo el tiempo.»

— Rufino Tamayo

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